lunes, 5 de marzo de 2012

La cultura de la violencia y el reloj de la UCV. Alicia Ponte-Sucre


Al leer el artículo de Vicente Díaz en el periódico El Nacional del día domingo primero de marzo de 2012, titulado “Bomba de Odio” me sentí completamente identificada con el texto allí presentado. Especialmente al leer la frase “Desactivar la bomba de odio no es fácil, pero se puede; y es un deber. Todos los que amamos la paz, con justicia y libertad, tenemos que poner el hombro”.

Esta frase nos lleva a hurgar en nuestro interior para desempolvar los conceptos de palabras trascendentales que se utilizan en el artículo: bomba, odio, justicia, libertad, y por encima de todo ello, el concepto de DEBER, nuestro deber de meter el hombro para conseguir PAZ.

Pero y ¿qué es la paz? Debemos preguntarnos. No podemos pensar en que ella se refiere sólo al hecho de que no haya guerra, esto constituiría una definición que se fracturaría fácilmente debido a su fragilidad, e implicaría la prevalencia de una cultura orientada y vinculada a la violencia. La paz debiera ser más bien definida en términos de un estado activo de la colectividad en la búsqueda de una sociedad más justa, donde la comunicación, la cooperación y el diálogo se constituyan en los elementos activos para consolidar esa cultura de paz.

Hay quienes interpretan esta definición como una utopía. Puede que tengan razón. Pero la utopía, concepto que inicialmente se remonta a la época de Platón, representa un objetivo final, hacia donde debemos orientar nuestros esfuerzos en la búsqueda de “ese lugar difícil de encontrar”. Es decir, que tener objetivos, aunque sean utópicos, nos ayuda a usar las herramientas que están a nuestro servicio como comunidad, para lograr la transformación positiva de la sociedad. Una de estas herramientas es la construcción de una cultura de paz desde el ámbito de la democracia, el desarrollo, la justicia, la libertad, la tolerancia.

Y como la paz comienza por el rechazo de la violencia como forma de solucionar los conflictos, “meter el hombro” comienza por rechazar contundentemente la cultura de las soluciones violentas como recurso de interacción entre los miembros de la sociedad, en este caso la universitaria.

Comienza también por ejercer el adagio de la no violencia:

"Si quieres la paz, no prepares la guerra...

Si quieres la paz, prepara la paz....

Si quieres la paz, edúcate y educa para la paz..."

Para ello, es necesario convencernos de que la paz es una forma de interpretar las relaciones sociales. Debido a la diversidad que se presenta en la estructura social y en la sociedad en si misma, es imprescindible deslastrarnos de todo aquello que tenemos acumulado para poder sentarnos a la mesa y, sin perder la riqueza que nos caracteriza, ejercer los mecanismos y capacidades que como seres humanos tenemos para resolver los conflictos que en la cotidianidad del ejercicio de la vida diaria se hacen inevitables.

Como comunidad de la Universidad Central de Venezuela tenemos esa obligación, no sólo con nosotros mismos, sino con nuestros estudiantes, nuestros egresados, y con las generaciones por venir. Somos responsables de reconocer la necesidad de la existencia de cada uno de los miembros de la comunidad para juntos desarmar el rompecabezas de la violencia y construir la torre de la paz, similar a nuestro reloj universitario, como elemento que mira hacia las alturas marca cada minuto y mira hacia abajo buscando compañeros con quienes compartir esa utopía. La vida nos reclamará aquello que por acción u omisión dejemos de hacer en estos momentos

Por ello quiero hoy recordar ese adagio al Reloj de la UCV de Claudio Nazoa

El Reloj de la UCV, 14 de noviembre de 2007

Por Claudio Nazoa

Carlos Raúl Villanueva paseaba por la Universidad Central de Venezuela, su Universidad. Se detiene frente al reloj y compra una chicha ligadita con ajonjolí.

Escucha que alguien lo llama, voltea a todos lados hasta que levanta su cabeza y descubre que es el Gran Reloj quien le habla:

-¡Maestro, auxilio! ¡Ayúdenos! Estas horas son negras y pesadas. Son horas de brutalidad e ignorancia Y suplicante añade:

-Por favor, sáqueme de aquí, regréseme al hermoso diseño que creó en un papel sobre su mesa de dibujo.

Calcinado por el sol, el Gran Reloj de la UCV continuaba su monólogo.

-Yo, maestro Carlos, apuré siempre a profesores y alumnos que llenos de alegrías, ideas, proyectos y sueños, pasaban por aquí.

-Yo no fui diseñado para andar hacia atrás y usted lo sabe, sólo puedo y debo andar hacia adelante, pero parece que hay algunos que no lo entienden.

Carlos Raúl escuchaba en silencio.

-Mi base, en forma helicoidal, me inspira a ir hacia arriba, hacia ese lugar donde está usted junto a su colega, el gran arquitecto del universo.

-Soy el símbolo del tiempo universitario, que marca la sublime inteligencia que siempre me ha rodeado.

-Soy el vigilante silencioso del tiempo que alumnos y maestros invierten en descubrir los cimientos de la ciencia y la filosofía.

-Mis agujas señalan optimistas los segundos, que se convierten en minutos y estos en horas y luego en años.

-Soy, mí estimado Carlos, el tiempo útil que jóvenes, llenos de ilusiones, emplean para descubrir los misterios de la vida.

Tras una larga pausa, el reloj unió las agujas que giran en su esfera numerada, y casi como si fuera a orar, marcando las 12, imploró con dolor:

-Maestro, dígale a Calder que nos preste las nubes de la cubierta arqueada que flotan sobre nuestra Aula Magna.

-Dígale, que montados sobre ella, usted y yo podremos volar hacia un sitio donde existe la UCV que usted soñó.

-¡Apúrese Maestro! Vargas nos espera y nos recuerda que el mundo no es de los violentos, sino de los justos que habitan en él.

Y mientras escuchaba al reloj, Villanueva terminó de tomar su chicha, tras una breve pero significativa pausa, con dulzura en la voz, dijo:

-No querido Reloj. Tú, Calder, Vargas y yo, nos quedamos aquí, acompañando a los justos, a los que piensan, enseñan, estudian y aman en libertad.

Recogiendo sus instrumentos de diseño, Villanueva levantó su cabeza y con el sol de frente le dijo al Gran Reloj:

- Ten calma, guía del tiempo, que lo que aquí hay es un problema de plomería; se rompió una cloaca y la porquería, las ratas y las cucarachas han invadido momentáneamente este recinto...

-No te preocupes, seguramente ya vienen 50 mil plomeros de boinas azules a limpiarlo.

El reloj, más erguido que nunca, miró con nostalgia hacia la tierra de nadie, hacia las instalaciones de su, ahora mancillada, Casa de Estudios. Uno de sus números, como si fuera una lágrima, se desprendió de su esfera y cayó sobre la Plaza del Rectorado.

- Ten calma - repitió el arquitecto- no eres el único reloj que se queja en Venezuela. Los relojes, como tú, nos alertan que el tiempo se diluye en esperanzas inútiles.

- Solo te pido lo que sabes dar, dame tiempo Reloj Ucevista. Ese tiempo que tú mismo marcas, el que nos avergüenza después que pasa por no haber tomado partido por la verdad.

-Por favor, tranquilízate, pronto será todo como antes, recuerda que eres el principal testigo de que la UCV siempre ha vencido la sombra, la brutalidad y la estupidez; que en vano, tantas veces, han tratado de posarse en ella.

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